Calle abierta

Esta es la historia de todas

Miras las gotas de lluvia empapar el cristal tenazmente y disfrutas esa imagen igual que cuando eras aún una niña, dañada, pero no tanto. Eran esos pequeños momentos de paz que te permitía la vida para poder respirar.

Es navidad. Recuerdas todas y cada una de las pasadas, pero no como Dickens la dibujó, sino como la peor de las realidades, la que le corresponde a la mitad de la humanidad. Recuerdas los gritos, los insultos y las ridiculizaciones tuyas y de tu madre cuando el alcohol empezaba a hacer efecto en los miembros masculinos de la manada; te acuerdas de la tensión, los regalos no deseados, las tardes y noches enteras sin probar bocado sirviendo, fregando y recogiendo… Tienes aún presentes, de un lado, tanto la sensación de vacío al abandonar el centro educativo el último día de clase antes de vacaciones y el deseo feroz de que todo pasara como una pesadilla como, por otra parte, la dulce y buena envidia de las compañeras que pintaban sus navidades también en una cocina, pero rodeadas de otras mujeres y risas y fiestas… 

También puedes rememorar cómo luego llegó poco a poco la adultez con paso suave y silencioso y seguías sin poder librarte del infierno navideño, pero con la gran fortuna de poder reducirlo a esos pocos momentos menos evitables, de modo que quedaba todo en un pequeño paréntesis en una vida más plena… Cierto es que, aún así, aquellas noches de disfrute de los varones y trabajo desmesurado de las esclavas seguían terminando en tragedia, con alguna loable excepción insignificante.

Con el tiempo has logrado entender que, por todo ello, no era de extrañar que en el momento en que el narcisista te captó tú ya estabas preparada para no ver ni entender ese otro maltrato que llegaba a tu vida adornado y vestido con las galas del amor romántico y te envolvió y atrapó como una niebla tenebrosa y tóxica para seguir tiñendo de amargura esas fiestas que esta sociedad decadente y dañina para las mujeres siempre vende como momento mágico; esas fechas que solo son eso para la mitad privilegiada que vive encantada de dejarse servir estos días… Y en otro lugar y otra vida volvieron las lágrimas, el miedo, el deseo de volver enseguida a trabajar y alejarse de la celebración patriarcal más abominable que conocías; lágrimas y miedos diferentes, ramas distintas del mismo árbol, frutos venenosos de la misma raíz.

Pero hoy sonríes ante el cristal mojado y giras tu mirada hacia una pequeña maleta a medio hacer. En breves, subirás al coche para pasar la navidad con el amor verdadero de tu vida: con tus amigas. Esta noche no vas a servir, sino que te dejarás cuidar y reirás mientras, con un buen corte de manga, dices adiós al espíritu de las navidades pasadas. Hoy vuelas libre porque el feminismo te salvó la vida y te ayudó a dejar atrás la mochila de granadas a punto de explotar con la que el patriarcado cargó tu espalda. Hoy ya no tiemblas, ya no quieres cerrar los ojos y que hayan terminado las fiestas. Hoy vas a vivir para seguir luchando para que, por fin, también en navidad, haya paz para todas las mujeres del mundo.

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