Programadas sin objeción

Violencia sexual dentro de la pareja

Aviso: en algún momento se describen escenas sórdidas de violencia sexual (se avisará con antelación).

Ayer fue solo verlo y se me erizaron todos los vellos del cuerpo. Se acercó a mí y sentí mi piel intentar abandonarme para envolverlo a él. Cuando se aproximó, su olor inconfundible activó todo el engranaje sexual de mi organismo. Creo que ya empecé a lubricar. Entendí que las sensaciones eran recíprocas, como otras tantas veces. Su boca cerca de mi oído mientras me hablaba pedía en subtítulos que la dejara entrar por todos los poros y orificios de mi corteza y mi clítoris, absolutamente erecto, clamaba su tacto… Terminamos encerrados en un baño público, apartando torpemente la ropa para poder hacer el amor mientras ahogábamos los gritos de placer, porque la urgencia del deseo no nos permitió esperar más…

Esto es sexo sin violencia. Esto puede ocurrir con la pareja, con un amante ocasional e incluso algo parecido podría suceder con un absoluto desconocido. Es saludable, es reconfortante, es divertido… y es maravilloso.

Ayer fue solo verlo y se me erizaron todos los vellos del cuerpo. Se acercó a mí y sentí mi piel intentar abandonarme para envolverlo a él. Cuando se aproximó, su olor inconfundible activó todo el engranaje sexual de mi organismo. Creo que ya empecé a lubricar. Entendí que las sensaciones eran recíprocas, como otras tantas veces. Su boca cerca de mi oído mientras me hablaba pedía en subtítulos que la dejara entrar por todos los poros y orificios de mi corteza y mi clítoris, absolutamente erecto, clamaba su tacto… Pero otra vez me rechazó. No me lo explico. Ya van varias veces desde que vivimos juntos. En el año de relación previa a la convivencia hacíamos el amor prácticamente todas las veces que nos veíamos. Desde que compartimos las paredes que llamamos hogar, no soy capaz de saber cuándo me desea y cuándo no. Ayer parecía que mi apetito sexual por él era recíproco. Siento un infierno cada vez que rehúsa mi llamamiento sexual: una mezcla de vergüenza e inseguridad difícil de describir. Además, si le digo algo o le pregunto por el estado de su atracción hacia mí, se enoja y me afea el comentario con la afirmación absurda de que él no es una máquina sexual… Es todo muy extraño…

Esto otro es violencia sexual dentro de la pareja. Se trata de otro panorama, más oscuro, que no termina aquí, porque después de esta situación lo más corriente es que venga esta otra:

Hoy, por fin, hemos vuelto a hacer el amor. Hacía siglos… Sin embargo, precisamente hoy yo no tenía ninguna apetencia sexual: estaba cansada, pensando en otras cosas. Es algo poco habitual en mí, pero justo hoy no estaban mi cabeza y mi cuerpo en ese modo. Al principio intenté, ingenua, rechazarlo, pero él empezó a insistir con esa sonrisa irresistible, recordando dulcemente mis quejas por la poca frecuencia de encuentros sexuales.Y así fue como acabé diciendo que sí, muy consciente de la importancia de aprovechar esas escasas oportunidades que me brinda mi amante y con el tiempo que llevaba esperando ese momento muy presente. Triste baile el mostrado, al menos para mí, que tuve que rebuscar el deseo en lo más profundo de mi acervo de fantasías eróticas sin grandes resultados. Pero bueno, al menos he sentido su calor y su olor y ha estado muy cariñoso…

Esta situación aquí descrita es, moralmente, abuso sexual. En circunstancias como esta queda claro, como en otras más populares y conocidas, que no basta con el consentimiento, ese otro tabú que es necesario desmontar ya. Directamente relacionada con esta realidad viene esta otra escena ya con toda su carga de pesadilla (atención: se describen escenas muy desagradables):

Poco a poco parece que estamos reanudando nuestra vida sexual, pero esta se volvió pobre y diferente. Él es ahora torpe y egoísta: finaliza nuestro coito sin importarle mi placer, incluso justo cuando yo estoy a punto de alcanzar el clímax, cosa que nunca antes había hecho. Hay otro asunto que me preocupaba aún más y hace pocos días decidí romper el silencio: por fin me he atrevido a confesarle que hay una postura que siempre hacemos y que a mí me duele horrores, pero su reacción ha sido muy negativa a mi comentario, se quedó muy serio, callado… estuvo horas sin hablarme. Yo pensaba que era por no haberlo hablado antes. Cuando practicamos sexo, parece que se ha olvidado de todo mi cuerpo, se centra solo en la penetración y lo que la hace más cómoda, sin más… Además, últimamente, tiene la costumbre, muchas veces, de erguirse sobre sus rodillas y mirarme desde arriba, mientras me penetra con sacudidas violentas, con un gesto muy agresivo que me da mucho miedo y me baja tanto la líbido que, a veces, acabo teniendo serios problemas de sequedad e incluso el coito termina por ser muy doloroso. Le pedí por favor que dejara de hacerlo y otra vez se enfadó muchísimo, pero esa vez fue mucho peor: me recriminó que nuestra vida sexual era un desastre por mi culpa, porque la única postura en la que él disfruta es aquella que a mí me duele tanto (ahí vi la razón de su enfado cuando se lo expliqué) y además ahora le hablo de miradas que no me gustan… Terminó diciéndome que he cambiado y ahora en la cama soy un desastre, que no disfruta conmigo porque yo tengo un problema… Yo no sé qué pensar… Creo que me estoy volviendo loca. Me siento completamente esquizoide. No sé que hacer. Esto se me está escapando de las manos. No sé qué realidad es la verdadera: la que yo percibo o la que él me cuenta.

(Aquí termina la descripción de la violencia)

Esto son violaciones continuadas combinadas con luz de gas (hacer creer a la mujer que lo que ella percibe no es real, sino lo que el maltratador le cuenta) y violencia verbal (el silencio). Esto es una tortura muy bien orquestada con el fin de tener a la víctima donde él quiere; destroza la autoestima y anula cualquier capacidad de reacción. Estos episodios de violencia más explícita suelen ir seguidos de ciclos de muestras de cariño e incluso de sexo “del bueno”, lo que solemos llamar “luna de miel”, con lo cual, el cerebro de ella, que ha ocultado la violencia, porque no la soporta (literalmente), se regodea en esos momentos en que él está de buen humor y se muestra otra vez apasionadamente atraído por ella, llegando a olvidar al violencia sufrida. El violador la mantiene a su lado con la autoestima suficientemente dañada como para que ella ya no pueda tomar decisiones pensando en sí misma. La tiene donde quiere y ella no puede hacer nada por evitarlo.

No necesita ejercer la violencia física más conocida. No ha necesitado rasgar las vestiduras de su pareja y penetrarla brutalmente como nos han hecho creer que es la violencia sexual dentro de la pareja. Ha jugado muy hábilmente para violar sin que la víctima sea consciente de que ha sido violada. Y así lo hará todas las veces que lo necesite para seguir controlándola. Se repetirá el ciclo: empezando por el primer episodio en el que narrábamos una fantástica escena de buen sexo y terminando (o no) con el horror del final. La violencia sexual forma parte de todo el sistema de sutiles violencias con la que manipula y destruye a su pareja a la que puede llegar a no agredir de la forma más obvia nunca (lo cual es bastante difícil, pero puede suceder), o hacerlo en una situación en que se pueda justificar (respondiendo brutalmente a un bofetón de ella, desesperada ya y perdida, por ejemplo). Es muy posible que no necesite pegarle para lograr su fin (controlarla) y solo por esa razón no lo hace.

Ella solo saldrá de esa espiral infernal si es capaz de quitarse la venda e identificar las diferentes partes (seducción, agresión, luna de miel…) del ciclo de violencia tan sutil que está sufriendo y necesitará toda la ayuda psicológica que demanda cualquier víctima de un trauma de tal calibre, como sufrir un atentado terrorista, por ejemplo.

Si en España hay jueces que ven jolgorio en una grabación en que cinco energúmenos violan a una joven, imagínense qué dirían de lo aquí descrito si nuestra víctima denunciara. Esta violencia es mucho más común de lo que parece. Estas secuencias aquí noveladas escenifican el infierno que viven muchísimas mujeres en su pareja, se baan en hechos concretos y reales. Es mucho más común de lo que creemos y lo peor de todo es que el patriarcado se ha encargado con su manipulación simbólica de enseñarnos lo que es violencia y lo que no para que la víctima no sea consciente en ningún caso de lo que está sufriendo. Esta mujer sin nombre que nos cuenta su infierno en primera persona puede llegar a decir que ese monstruo es muy buena persona y un buen padre. Y lo dice porque lo cree, porque esa violencia moldea el cerebro de la secuestrada a favor de lo que el narcisista que la tiene captada quiere.

Cualquier mujer puede caer en manos de estos perversos, desde la feminista más radical hasta la catedrática en biotecnología más laureada, porque el patriarcado nos tiene muy bien programadas para ello a nosotras y a la sociedad entera.

Necesitamos mucha literatura, cine, arte que cuente la realidad que no se ve, la que al patriarcado le conviene que siga oculta. Hay que dejar de asociar la violencia contra la mujer solo a la fuerza física y sacar a la luz la más tremenda y real, que es la que aquí se describe.

Valgan estas letras llenas de dolor y angustia para resarcir a tantas hermanas que sufren esta forma inconfesa de violación rutinaria y abrir esos ojos vendados por el propio violador manipulador.

Y ya puestos a pedir, pidamos la utopía de una Ley de Violencia Contra la Mujer que incluya la inversión de la carga de la prueba, de manera que sea el maltratador el que tenga que demostrar que no cometió la agresión y no la víctima la que deba pasar infinitos peritajes tan poco fiables como los peritos que los llevan a cabo y termine por ser nuevamente violada metafóricamente por el sistema.

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