Vivir así no es morir de amor

En estas fechas de confinamiento, estoy releyendo 1984, aprovechando la magnífica versión en asturiano de Xesús González Rato que adquirí hace unos meses. Explica el maestro Orwell cuando habla sobre la neolengua que su finalidad radica en dos aspectos principales: servir de medio de expresión de una mentalidad concreta y eliminar la posibilidad de cualquier otro modo de pensar. El patriarcado lo sabe bien. Fijémonos en estas dos definiciones de “machismo”

  • DRAE: Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres. Forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón
  • SECO: Actitud de considerar superior al varón. Exaltación de las cualidades que se consideran propias del varón, especialmente la fuerza y la agresividad.

La primera está extraída de la versión web y la segunda del “Diccionario abreviado del español actual” de Manuel Seco y otros (2000). Ninguno de los dos diccionarios (ni otros) recoge en la entrada de “patriarcado” una acepción que lo defina como sistema de relación desigual en que vive la humanidad, donde una clase privilegiada, los hombres, oprime a otra, las mujeres. Creo que estas definiciones poco acertadas responden no tanto a lo que realmente designa el uso de esos términos como al uso que se querría que tuvieran, ocultando así una realidad mucho más compleja y cruel. 

Esa realiad a la que me refiero está manchada de sangre y dolor: ya van 34 mujeres asesinadas por ser mujeres (fuente: feminicidio.net) en lo que va de año al momento de escribir estas letras. Con respecto a esto solemos corear un lema en manifestaciones, e ilustrar con él pancartas y carteles: el machismo mata. Conviene puntualizar esta afirmación y, quizá, con ello pueda parecer que rompo una pequeña lanza en favor de los lexicógrafos (masculino entendido como masculino, no como genérico) no tan errados.

Veamos. Ya que tanto menciono la realidad, me explico con una situación habitual: cuando una mujer heterosexual se plantea embarcarse en una relación de pareja no piensa que su vida está en peligro, pero, si lleva puestas las gafas moradas, sabe que comienza un período de lucha por mantener sus derechos individuales y poder tener una relación en relativa iguadad con el macho. Surgen muchas dudas, entre las que reina una: ¿merecerá la pena? Eso depende de cómo veamos y entendamos las actitudes dentro de la pareja.

El principal problema no es si tendrá una relación machista o no, sino que reside en que quizá sí debe pensar que su vida está en peligro. Pero, ¿por qué no lo piensa? Porque el patriarcado es un sistema muy fuerte que funciona siempre, es decir, un engranaje cuyas piezas encajan perfectamente y, si una se rompe o se desplaza, las otras se reajustan para que el sistema siga funcionando. En esta estrucutura de la que estoy hablando, tras el avance del feminismo, se hace muy necesaria la neolengua y su perfecta manipulación de mentalidades.


 Podemos observar cómo manipula la neolengua con un ejemplo claro, otro término tan usado como desafortunado: micromachismo. ¿Qué es un micromachismo? Nada más y nada menos que un machismo. Que el hombre, por ejemplo, no participe en igualdad de condiciones en las tareas dométicas es machismo (no micromachismo), o que el padre no sepa qué talla de pie calza su hija o su hijo es machismo (no micromachismo); creer que el hombre debe ganar más que la mujer es machismo (no micromachismo), que un hombre imponga su voluntad en muchas decisones, como el lugar de vacaciones o el colegio donde estudien sus hijos es machismo… Es fácil recopilar también ejemplos en otros ámbitos además del de la pareja: no usar el lenguaje inclusivo es machismo (no micromachismo), utilizar estereotipos de belleza patriarcales es machismo (no micromachismo)… Y así podría estar horas, palabras, oraciones, textos, páginas…Toda mujer tiene derecho a negarse a aceptar alguno o todos estos aspectos en su relación sentimental. 

Sin embargo ninguna mujer debe sufrir que su pareja utilice su superioridad física contra ella. En esto estamos de acuerdo la mayor parte de personas que formamos parte de este neopatriarcado en el que estamos viviendo, independientemente de que compartamos o no ideología feminsita. Eso se conoce de diferentes maneras, muy desacertadas algunas, como violencia doméstica o violencia de género, y muy afortunadas otras, como violencia machista o violencia contra las mujeres. 

Pero no todas las violencias machistas dejan ojos morados o son tan obvias como un insulto soez vociferado delante de otras personas entre las que puede estar la propia descendecia de la pareja. Y es en este aspecto donde la neolengua hace su trabajo. El machismo es una actitud y con esta afirmación me posiciono de acuerdo con las definiciones mencionadas. Pero es una actitud en parte involuntaria, matiz que no recogen los diccionarios. De ahí que las mujeres también tengamos muchas actitudes machistas, porque el patriarcado nos atraviesa también a nosotras, incluso a las feministas. Pero, por encima de esas conductas alineantes producto de milenios de cultura y educación patriarcal, existen otras que ya no son tan involuntarias y que yo me niego a llamar simplemente machismo, por lo poco preciso de esa definición. Genéricamente se suelen incluir estas conductas de las que hablo entre la llamada “violencia psicológica”, una suerte de eufemismo que también puede desviar la atención social requerida, y no están incluidas en la amplia caterva de comportamientos a que nos acostumbran los medios de manipulación de masas, las personas del mundo de la política, de la judicatura… cuando hablan de violencia contra las mujeres. Esta violencia es tan violencia machista o violencia contra las mujeres como la física y verbal reconocidas públicamente; quienes la sufren lo hacen porque son mujeres, no ocurre en todas las relaciones y jamás la ejercen las mujeres.

Que tu pareja niegue algo que ha dicho y recuerdas bien, que niegue lo que has visto con tus propios ojos y afirme, incluso, que no estás bien, estás loca o cualquier cosa parecida es violencia y se llama luz de gas. No es un simple machismo. Que tu novio, marido, compañero pase horas ignorándote, sin hablarte ni darte ninguna explicación, es violencia verbal. No es un simple machismo, es violencia machista. Que tu chico te hable mal de tu familia, amigas y seres queridos en general, es violencia contra las mujeres. Que tu pareja te mienta sistemáticamente para beneficio propio es violencia, no es solo machismo. Que tu compañero o marido te pida explicaciones del dinero que gastas y cómo lo gastas es violencia económica. Que tu amante te convenza con chantajes para tener sexo cuando no quieres, que te convenza para prácticas que resultan dolorosas o que te niegue el sexo como castigo por no haber o haber hecho algo es violencia sexual. Ninguna mujer debe pasar por ello. Es más sutil, más difícil de detectar, casi imposible de denunciar o contar… Y deja marcas, otro tipo de marcas, hiere profundamente. Y, lo que es peor de todo, no están aceptadas socialmente, no se nombran, no se ven.

De ahí que sea tan necesario marcar la diferencia entre machismo, a secas, y violencia machista. Tanto para los violentos, que, finalmente, quedarán descubiertos ante los ojos de la opinión pública, como para las víctimas, que se sentirán arropadas socialmente.

Una mujer heterosexual puede aceptar machismos en su relación de pareja, porque es muy difícil, por no decir imposible, que exista alguna sin ellos. Es su decisión y es respetable. De la misma manera que puede negarse a tener pareja por no aceptar el machismo en su vida, lo cual es tan respetable o apludible como lo anterior. Pero nunca debe permitirse a ningún hombre someterla a la violencia que se viene llamando psicológica.

Es muy importante usar la lengua de manera que se puedan denunciar estos abusos como merecen, sin caer en los desvíos que nos propone el mecanismo patriarcal para que su estructura no se desmorone. Recuerden aquella vieja historia de que lo que no nombro no lo veo, con el manido ejemplo de las decenas de palabras que tienen los esquimales para denominar un único color blanco que vemos el resto de las culturas. Y, mientras seguimos buscando las herramientas adecuadas para terminar de romper las raíces del patriarcado, nuestra moral debe perseguir esas violencias con el mismo ímpetu que ya persigue las otras.

Las mujeres heterosexuales serán libres de tener una relación con diferentes grados de machismos o vivir sin pareja, pero también han de ser libres de que ningún indeseable les haga daño de la manera que hemos descrito en este post.

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