La red de Racne
Anrez se sentó en un asiento junto a la ventanilla del tren. Hacía bastante calor y comprobó que la temperatura del vagón era de 27 grados. No acababa de entender esa obsesión por no refrigerar adecuadamente todos los espacios interiores. Todo el mundo iba completamente desnudo y eso tampoco lo entendía Anrez. Él llevaba un cordel alrededor de su cadera con dos trozos de tela triangulares: uno delante y otro detrás hasta poco más abajo de la mitad del muslo. Nunca iba desnudo, por mucho que le hubieran dicho en la Residencia que no debía tener esos pudores. Eso no lo iban a cambiar. Le permitían taparse así por esa vergüenza que no pudieron pulir, pero la norma era clara: nada de ropa. Los pies, sin embargo, los llevaba totalmente descalzos, al contrario que el resto del tren, donde se cubrían con calcetines protectores del suelo.
Ya llevaban quince minutos en marcha y habían alcanzado casi la velocidad máxima de 500 km./h, cuando vio acercarse a Racne por el pasillo desde algún vagón delantero. Era una mujer muy hermosa. Anrez no pudo evitar sentirse tremendamente atraído por ella. Era extraño, porque, por lo general, no le gustaban las mujeres mayores, sino todo lo contrario: solía tener relaciones con mujeres mucho más jóvenes que él. Racne tenía un cuerpo muy atlético y bien musculado, llevaba la cabeza afeitada y se le adivinaba la edad solo por la escasez de bello y las canas en la vulva. Tenía rasgos africanos, como solían llamarlos, en honor al origen de aquel prototipo físico, en los pasados siglos noventa, noventa y uno… Luego supo Anrez que ya había superado los cincuenta años.
Racne se sintió observada y la atracción fue automáticamente recíproca. Y no era para menos: Anrez era un joven muy atractivo y sus ojos rasgados, lejos de ser un estigma, como para la mayor parte de las mujeres en la URF1, debido a esa zona tan patriarcal donde todo el mundo tenía esos rasgos, era algo completamente inocuo para ella, dado su pasado. Fue corriendo a sentarse a su lado y le hizo gracia la tensión que notó en los músculos de Anrez, que no lo interpretó como incomodidad, sino más bien con otro pasado turbio como el de ella.
— ¿Y tú, qué has hecho? —preguntó acercándose a su cara y mirándolo fijamente a los ojos
Anrez se relajó ligeramente y empezó a disfrutar del calor de su piel rozándolo y el agradable olor que despedía.
— Yo no he hecho nada. ¿Por qué debería? Esto no es un castigo, es un trabajo…
— ¡Jajajajaja! —interrumpió Racne con una risa intencionadamente falsa—. Con ese trapo que tienes cubriéndote tu mejor belleza no me creo que seas vocacional y hayas decidido ir a trabajar a la Reserva voluntariamente.
Tras una breve pausa en la que Anrez no dijo nada y solo se limitó a seguir mirándola fijamente, Racne continuó.
— Si no quieres contarme nada, lo respeto, pero te aconsejo que cambies tu actitud, porque lo mejor es ser sinceros y conocernos bien, te lo aseguro.
— Es muy complicado…
Racne sonrió tiernamente y eso llevó a Anrez a tal grado de excitación que creyó que se le pudiera notar y, de hecho, Racne notó su erección, pero fue muy discreta.
— Todas las historias son muy complicadas, cariño, pero contarlo ayuda. Empezaré por la mía, si quieres, así te resultará fácil… Por cierto, me llamo Racne.
— Yo Anrez ¿Tú también eres nueva…¿
— ¡Qué va! Vengo de unas pequeñas vacaciones. Llevo un par de años trabajando en la Reserva. Trabajando… Porque como usuaria estuve mucho tiempo entrando y saliendo.
Anrez abrió ampliamente los ojos.
— ¿Ves cómo todos tenemos una historia «muy complicada»?
— Yo nunca he sido usuario de la Reserva. Yo he nacido en Santana y mis padres también nacieron en la URF. Yo solo estuve en la Residencia.
— Pero no estás curado del todo, cariño, cuando te envían a trabajar en la Reserva. Venga, ¿qué has hecho?
— No he hecho nada, te lo estoy diciendo…
— No es fácil trabajar en la Reserva, pastelito. Si queremos estar bien, es necesario sentirnos como una familia. Mira, te voy a hacer entender de qué se trata: ahora mismo tienes unas ganas tremendas de tener sexo conmigo y no puedes pensar en otra cosa…
Anrez se sintió intimidado, pero no se movió ni un milímetro del contacto con la piel de Racne.
— Sin embargo, no podrías tocarme ni una célula de mi piel sin conocer antes mi historia, cariño. Cuando la sepas, si sigues queriendo dar rienda suelta a ese deseo que, no te voy a engañar, es recíproco, sabré perfectamente cuál es tu problema y, sigo sin engañarte, bombón, el problema será también mío.
— Entonces mejor háblame de la Reserva…
— De la Reserva te voy a a hablar, mi cielo…, en primera persona…
Historia de Racne
— Llegué a la URF cuando tenía apenas tu edad. Vine en contra de mi voluntad. En mi país yo era una estrella, ¿sabes? Los hombres pagaban fortunas solo por verme con otros hombres, que habían pagado muchísimo más para estar conmigo… —Anrez se quedó pálido al oír esto y Racne le cogió la mano— Tranquilo, corazón, eso fue hace mucho tiempo y créeme que en mi yo de entonces no se veía tan oscuro como realmente era. Vivir en una sociedad patriarcal es difícil de explicar y en mi país, la prostitución se consideraba una dedicación de alto standing. No nos creíamos que viviéramos en un patriarcado porque había tantos hombres como mujeres dedicados al mundo del negocio sexual, como lo llamaban. Es difícil de explicar para quien nunca ha salido de la URF. El sexo no es natural, como aquí. Yo he tardado décadas en desarrollar el deseo y poder disfrutar con el sexo. Todavía me cuesta horrores, pero en la misma medida, sigo sin poder poner freno a una relación cuando ya no la deseo. ¿Entiendes? —Anrez asintió con la cabeza— Mira: dentro de la industria del sexo (ya sé que aquí no os gusta llamarlo así, pero, cuando hablo de mi pasado, se me escapa aquel dialecto eufemístico de mi lugar de origen, aunque ya no hable su lengua, ni quiero volver a hablarla jamás…) —a Racne se le llenaron los ojos de lágrimas y Anrez le pasó un brazo por encima de los hombros, ella apoyó su cabeza en su pecho y continuó— ¿Ves? ¡Qué fácil sería ahora levantarnos, irnos al baño y…!
Anrez no la dejó terminar: la besó apasionadamente y ella se dejó. Cuando pararon para tomar aire, Racne volvió a hablar
— Entiendo ahora cuál es tu problema y compruebo que ya lo he hecho mío. Vamos.
Se levantó, lo cogió de la mano y lo guió al baño. Entraron, cerraron la puerta y Racne lo besó con más pasión aún, levantando el trapo que cubría su sexo para comenzar a acariciarlo…
Entonces Anrez reaccionó y se apartó.
— No, no, no, no… Perdona —Anrez comenzó a llorar— Siempre igual. Me lo acabas de decir. Me lo acabas de explicar… Pero me sigue apeteciendo. Sigo teniendo un ansia increíble por estar contigo, aunque no debería ser así. Ni siquiera he buscado tu placer…
Se miraban apoyados en las paredes del baño.
— Yo te deseo, Anrez.
— No, no lo puedes saber. Ni yo tampoco. No puedo desear a quien no sé si solo quiere satisfacer mi deseo o saciar el suyo. Pero te deseo.
Entonces Anrez dio la vuelta a Racne y comenzó a masajearle los hombros y la espalda suavemente…
— Te deseo mucho y por eso vamos a esperar a tener un lugar íntimo y seguro donde dar rienda suelta a nuestro placer.
Le dio un beso en el centro de la espalda, abrió la puerta y salió del baño. A Racne le caían lágrimas por el rostro.
Anrez se sentó en el mismo sitio de antes y se quedó mirando fijamente las proyecciones de la ventana del tren. El tren cruzaba a través de un túnel subterráneo miles de Kilómetros de desierto que separaban las zonas habitables del lugar donde estaba la Reserva. En las ventanas proyectaban imágenes de lo que se aspiraba que en un futuro hubiera sobre sus cabezas, como si estuvieran atravesando un vergel terrestre utópico. Racne se sentó a su lado y le cogió la mano
—Ahí vienen.
Una mujer desnuda, con una identificación iluminada en su pecho donde se veían letras con su nombre y la leyenda «monitora» se sentó en el asiento más cercano a los suyos.
—¿Qué tal estáis? —Dijo sonriendo y mirándolos.
Los dos miraban al suelo sin soltarse, en una complicidad cargada de seguridad.
—Bien —murmuraron a destiempo.
—No estoy aquí para juzgaros, ni para nada más que ofreceros ayuda y recordaros que lo que queremos es que estéis bien —les dijo sin dejar de sonreír—. Estamos aquí para acompañaros en todo el proceso, ambos lo sabéis y sabemos que lo entendéis. No os preocupéis: de momento, no tenemos intención de impediros que estéis juntos, pero tampoco vamos a engañaros: estamos muy preocupados. No dejéis de preguntar cualquier cosa. ¿Lo habéis entendido?
Ambos afirmaron con la cabeza sin dejar de mirar al suelo. Al haber llegado la funcionaria, todo el tren estaba pendiente de ellos dos, lo que resultaba tremendamente incómodo.
— ¿Nos habéis visto? —preguntó Anrez muy serio en un murmullo.
La funcionaria asintió con la cabeza.
—¿No voy a volver a tener ni un segundo de intimidad en mi vida? —dijo Anrez con ira contenida y traducida en lágrimas retenidas en los ojos
—Racne, te dejo a ti para que se lo expliques —contestó la funcionaria muy sonriente mientras se levantaba y se alejaba de ambos.
—No sé qué miran todos estos imbéciles, como si no tuvieran todos su propio historial… —dijo Racne enfadada en cuanto la funcionaria no podía oírlos.
—¿Qué me tienes que explicar?
—Puedo continuar contándote mi historia y sabrás a qué se refería esa estirada, pero te resumo contestando a tu pregunta: no, no dejarás de ser observado en todo momento hasta que no te den el alta. Cuando avanzamos lo suficiente, nos dejan momentos de intimidad. Yo, por ahora, solo cuando estoy sola, pero, en cuanto estoy con alguien, vigilada. ¿Quieres que continúe contándote mi vida?
Anrez se giró, la miró dulcemente a los ojos, le cogió ambos lados de la cara, le besó en los labios y susurró
—Por favor
Racne tragó saliva conteniendo el agua que insistía en salir de sus cuencas oculares y continuó su relato.
«En la industria de la violación, como la llamáis aquí y como intentaré llamarla yo, hay clases bien diferenciadas. Yo tuve mucha suerte y me hice de oro. A pesar de las leyes, que lo prohíben, entré siendo muy joven. Vengo de una buena familia, pero un mal día, en una fiesta con un grupo de adolescentes, cuando apenas tenía 12 años, bajo los efectos de alguna sustancia que ya ni recuerdo, me lié con un tío de 15 o 16, no me acuerdo, que decidió que era buena idea compartirme con cinco amigos encerrada en una habitación de aquella casa… Recuerdo poco de aquella violación grupal. Solo sé que, cuando llegué a mi casa, estaba tan cabreada que no sabía qué hacer. Desde luego, contárselo a mis padres no era buena idea, porque me culparían por drogarme, ellos eran muy puritanos y religiosos. Así que me fui de casa. Decidí que lo mejor era aprovechar la situación y ganar dinero con ello. Sabía cómo hacerlo para evitar el dolor físico y con la rabia que tenía dentro, tenía suficiente para no dejarme caer en ninguna mafia. Y lo logré. Tuve la suerte de que un empresario de la industria se encaprichó conmigo y me llevó a vivir a su mansión donde hombres poderosos pagaban fortunas por estar conmigo… No había muchas niñas de mi edad…
A Anrez le dio una arcada y tuvo que ir corriendo al baño. Racne se quedó inmóvil muy preocupada. Cuando volvió Anrez, lo abrazó dulcemente
»Lo siento muchísimo. Después de tanta terapia, a veces olvido lo horrible que realmente fue. Te puedo decir que, al menos, yo vivía en una mansión, tenía todos los caprichos que pedía… Otras niñas y otros niños que hacían lo mismo que yo vivían en la miseria. Como ya te dije antes, el prestigio de la industria de la violación era tan grande que muchos hombres también se dedicaban a ello. Eso sí, no había muchas mujeres que lo consumieran: seguía siendo algo casi exclusivo de los hombres heterosexuales, homosexuales y bisexuales, pero de los hombres… Bueno, en fin, que crecí en ese mundo y al desarrollarme seguí en él y el empresario me echó de su mansión, pero yo era muy buena en mi «trabajo» y pude conquistar otro magnate al que le gustaban más creciditas y acabé en su mansión. En unos años llegué a tener mi propio espectáculo. Hasta 30000 señores vinieron a ver cómo un montón de hombres abusaban uno detrás de otro de mí, mientras el poder adquisitivo de mi «protector» aumentaba exponencialmente y mi vida de lujo y fama aumentaba. Esto que te cuento no es nada común. Yo soy una excepción. Quiero dejarlo bien claro. Somos muy pocas las que podemos contarlo así. De todos modos, en todo aquel período horrible de mi vida, hubo temporadas que no llegué a disfrutar ni de la cuarta parte de las comodidades que tiene cualquier persona media por aquí. Lo que pasa es que en mi país, la mayoría de las personas, incluso las que están en el mercado de la violación, viven en condiciones miserables. Los que, sin embargo, viven mucho mejor de lo que tú jamás soñarías son los empresarios de esa industria.
»El segundo empresario también se cansó de mí y me puse por mi cuenta. Me cogí un apartamento y comencé a trabajar en un streaming desde allí. Debido a mi fama, no me iba nada mal, pero quien realmente se enriquecía era la empresa que lo gestionaba, que cobraba incluso a los hombres que acudían para abusar de mí ante las cámaras. Yo era muy buena actriz: todos los imbéciles desde que tenía 13 años se creían que yo disfrutaba… Bueno, me han dicho aquí que realmente no les importa mucho… Pero yo entonces estaba convencida de que fingía muy bien y que por eso tenía tanto éxito. Con los años he sabido que es por mi capacidad de sumisión por lo que pagan…
Anrez volvió a torcer el gesto y Racne cambió ligeramente el discurso.
»Ahí fue cuando estalló la revolución. Yo vivía ajena al mundo de la política y de todo. Me pasaba el día drogada para poder soportar aquello y, cuando no estaba «trabajando», estaba de fiesta en fiesta de lujo, dando entrevistas, alimentando un ego ficticio… De pronto, un buen día, la empresa y todo mi dinero desapareció y se cerró la plataforma donde se podían ver mis vídeos. Los hombres siguieron acudiendo a mi apartamento, pero esta vez ya era diferente. Muchos se iban sin pagar y otros eran tremendamente violentos… Solo cuando estuve a punto de morir… No, tranquilo, no voy a entrar en detalles, fue cuando decidí que no podía seguir así. Yo entonces todavía maldecía la revolución y todo lo que había traído. En el hospital vinieron a verme unas mujeres y me ofrecieron la posibilidad de venirme a la URF a «curarme». ¿Curarme? ¿De qué? Yo no entendía nada. La revolución se encrudeció, pero yo empecé a buscar otra vez un empresario que me protegiera y me ayudara. Entré nuevamente a trabajar en una casa, pero esta vez era muy diferente. Apenas ganaba para subsistir y comenzaba a ser ilegal la industria. Antes de cumplir los 19 años, un grupo de personas revolucionarias tomaron aquella casa enorme donde estábamos, hicieron prisioneros a los jefes y a nosotras nos enviaron forzosamente a la URF. No volví a ver a las otras chicas, con las que apenas tenía relación. En aquel mundo no había relaciones humanas, solo intereses.
»Fue así como acabé en la Reserva. Nos metieron en un avión, me pusieron una inyección y, cuando desperté, me encontré en un lugar cerrado, sin ventanas….
Anrez sonrió. Conocía muy bien esa sensación. Él lo había vivido en la Residencia.
»Era muy parecido al apartamento en el que vivía justo cuando estalló la revolución, pero estaba decorado de manera muy diferente. Muy anodino. Los colores eran mis colores favoritos: naranjas, amarillo…, pero no había ni rastro de nada erótico… y lo más alucinante: no había espejos, por ninguna parte. Enseguida lo entendí al observar mi cuerpo y comprobar que todos mis tatuajes habían desaparecido. Mis tatuajes eran todos, obviamente, eróticos y tenían que ver con lo que hacía.
Anrez le miró la cabeza
»La cabeza la llevo así desde que empecé a prostituirme. Tenía tatuajes y usaba muchas pelucas. Tardaron unos meses en instalarme espejos, cuando estuve lista para verme sin maquillaje, ni ninguna marca en la cara. Bueno. Así acabé en la Reserva. El proceso fue muy lento. Al principio solo veía a monitoras. Imagínate: me negaba a comer, enfadadísima… Poco a poco fui entrando en razón y pudieron empezar las terapias… Pero no fue nada fácil. En cuanto me dejaban socializar, buscaba la manera de escaparme. Seducía incluso a mujeres heterosexuales a las que les daba el placer que jamás les había dado nadie en su vida para que me ayudaran a escapar. Condené a muchas trabajadoras, como somos tú y yo ahora, a volver a ser usuarias, por caer en mis redes. Es muy difícil cuando creces como un objeto de placer de los demás, reeducarte para ser un sujeto. Cada vez que creían que estaba lista para tratar con hombres, acababa teniendo sexo en pocas horas con el primero que me miraba con deseo… A todo esto hay que unir la desintoxicación y las terapias para abandonar todas las adicciones con las que entré… En cinco años había dejado por fin de caer en los brazos de cualquiera o utilizar la seducción para conseguir las cosas. Entré en un período espantoso de bloqueo sexual y trabajo para superar el tremendo trauma que arrastraba. Una década tardé en poder ir por primera vez a la Residencia. Fue entonces cuando me volví a afeitar la cabeza y decidí dejarla siempre así porque, sinceramente, es muy cómodo. Pero no siempre fue así. Al principio, en la Reserva sí que me lo dejé crecer…
»Te preguntarás qué hago aquí… Pues ya ves. He vuelto a las andadas. Conocí un hombre con quien me emparejé. Yo no lo sabía, pero él tampoco estaba bien y se aprovechó de mí durante dos décadas. Cuando lo descubrí, lo denuncié, pero yo ya estaba suficientemente dañada como para pedir yo misma volver a la Residencia. Estuve allí un tiempo y ahora me han vuelto a mandar aquí a trabajar. Me siento mucho más segura, las monitoras ayudan y yo puedo ayudar a otras personas refugiadas.»
Continuará…
- URF: Unión de Repúblicas Feministas ↩︎
