La sombra del titiritero

El otro día me contaba mi familia que mi sobrino, cuyos rasgos físicos toda la vida han hecho que lo identifiquen con procedencia africana, aunque no se registra tal antepasado en el conocimiento que tenemos de nuestros ancestros, tuvo que llamar a la policía porque fue increpado por unos nazis que lo confundieron con una persona de origen magrebí. Al señor agente que acudió a su llamada, en consonancia con la empatía y humanidad que suelen mostrar los miembros de este cuerpo, le hizo mucha gracia la confusión. A mi sobrino, ninguna. Hablando de ello, recordamos viejos tiempos y no tan viejos y los continuos conflictos con los nazis que se atestiguan en Asturies, sobre todo los sábados por la noche, desde hace décadas y que solían terminar en violencia siempre o casi siempre.
No pretendo, ni por asomo, quitar importancia a los hechos, aunque sí creo que debemos constatar la realidad asturiana para entender de qué voy a hablar y por qué lo voy a decir. No tengo acceso a datos, pero sí conocimiento fiable de que a lo largo del año, desgraciadamente, se suceden estos atropellos, que, además, debemos analizar bajo la multiplicación exponencial de la violencia que sufren las personas extranjeras, sobre todo con rasgos físicos que asociados a esta procedencia, en las instituciones y su día a día general. Agresiones a personas por su origen, religión, color de su piel… las hay continuamente y muchas asociaciones y colectivos intentan movilizar a la ciudadanía contra ello.
Lo mismo ocurre con las agresiones machistas, pero, a diferencia de las otras, estas pueden terminar en asesinato, como ocurrió este horrible verano en Llanes o en cualquiera de las otras 11 ocasiones de los últimos diez años. Ocurren desde siempre y la respuesta de repulsa es aún más minoritaria que la que se produce con las agresiones a inmigrantes, magrebíes…

No digamos la nula respuesta a la agresión que sufrió una compañera feminista en la manifestación del 8 de marzo de 2025, que había acompañado a las mujeres del bloque abolicionista, sin pertenecer a ninguna asociación ni colectivo específico… De esta ni siquiera hubo protesta ni movilización alguna por parte del movimiento feminista asturiano, ni de ninguna asociación que participara en el bloque abolicionista siquiera.

¿Cómo puede ser, entonces que media Asturies sí haya salido a la calle tras una agresión a dos hombres por defender la bandera del colectivo de las personas que dicen no ser heterosexuales? (y digo dicen, porque me niego a afirmar que un señor a quien le gustan las mujeres y que se excita poniéndose ropa interior de mujer es una mujer lesbiana, aunque esto me pueda costar una multa impagable e incluso la cárcel). Una respuesta esperable puede ser que en este caso la agresión fue perpetuada por personas de ideología fascista, sin embargo esto ocurre también en las agresiones a personas de origen africano, americano… y ello no supone una respuesta tan multitudinaria, con lo cual la hipótesis se cae. Podríamos ser muy mal pensadas y creer que es porque los dos hombres son blancos, burgueses, europeos…, pero no somos tan sandias y no vamos a pagarles a ellos con la misma absurdidad con la que nos machacan los comunmachos a las feministas. Lo que sí que diferencia a estos dos hombres (que no nombro porque no parezca esto una crítica hacia ellos, con quien me solidarizo absolutamente) de las otras agresiones es que defendían una bandera y unos colores que llevan detrás muchos intereses de alto nivel económico, político y social.

La asociación a la que pertenecen estos dos jóvenes, AMA, se ha significado mucho apoyando el transactivismo y enfrentando a las feministas. El Lobby trans solo tiene que chasquear los dedos y tiene a toda su feligresía postrada donde haga falta. Por desgracia, gran parte del activismo político-social de la izquierda forma parte de esa comunidad de creyentes. Eso es lo que ha ocurrido estos días en Asturies. Con la iglesia hemos dado, Sancho. No es una muestra de fuerza del antifascismo asturiano, es una muestra de poder de un sector muy concreto del activismo. El mensaje es muy claro: si te matan por ser mujer, te agreden por el color de tu piel o por feminista, no tendrás ninguna cobertura social que te haga sentir fuerte, pero, si se trata de ese activismo que hace tiempo ya nos ha demostrado a todas que solo le interesa el transactivismo, la opinión pública removerá conciencias, personas y fuerza social. O estás de nuestra parte o estás sola.

Esa fuerza debería verse cada vez que hay una agresión racista, machista, lesbófoba…, porque esas las hay todos los meses y no tienen la reparación social que ha tenido esta. El antifascismo se hace fuerte en la lucha continua por la vivienda, los derechos de la clase trabajadora, las mujeres… El antifascismo no se demuestra en una plaza apoyando una bandera arcoíris, el antifascismo se demuestra en las urnas votando a partidos como el Partido Feministas al Congreso, que puedan entrar en las cámaras y apoyar políticas antifascistas de verdad, exigiendo en las alianzas políticas de izquierda, que son las que hacen que los votos de la clase trabajadora y las mujeres no se diluya en el fango del abstencionismo.





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