Terminar con la infamia

#LOASPseráLEY

Mi abuela, que murió cuando mi padre era muy pequeño, era corsetera, pero no pudo desarrollar su profesión porque, por fortuna, en los años veinte del pasado siglo, ya casi ninguna mujer usaba esa tortura opresora. Es muy llamativo, sin embargo, que, cuando yo era muy joven, se pusieron de moda los corsés, como aquellos que cosía mi difunta abuela. También recuerdo que nos llamábamos putas entre nosotras y nos parecía trasgresor identificarnos con esa cultura: pintarnos como puertas, envasarnos al vacío en aquellos cinturones anchos que llamábamos minifaldas y corsés como los que llevaba Madonna, nuestra guía espiritual… Ahora que me acerco a la vejez con serenidad, entiendo de qué iba todo aquello y miro a aquella jovenzuela alocada que yo era con cariño y condescendencia, pero consciente de la manipulación a la que estábamos sometidas.

Yo fui joven en una época en que la cultura de la violación estaba en pleno estallido y blanqueo: años ochenta y noventa. En los estertores finesiculares, el capitalismo reaccionó a los avances del feminismo de una forma muy curiosa: utilizando la juventud y la moda.

Voy a intentar explicar este proceso, para lo cual es necesario quitar el polvo a algunos conceptos que conviene lustrar.

Para empezar, aunque creo que no debería ser necesario, me gustaría aclarar que, cuando las feministas hablamos de cultura de la violación nos referimos a una de las acepciones de la palabra cultura, la que tiene que ver con un conjunto de saberes, conductas… que, en este caso, incluyen, cómo no, la pornografía y la prostitución. El papel de la moneda que forman estas dos caras es ambivalente: tanto la pornografía como la prostitución significan, por un lado, violencia hacia las mujeres porno-prostituidas y, por otra parte, perpetúan el fomento de una sexualidad que extrapola esa violencia hacia todas las mujeres. Esa es la razón por la que la lucha contra la prostitución en el feminismo es endémica y en las últimas décadas, debido a los cambios en los mass media, se ha visto implementada por la lucha contra su versión filmada: la pornografía.

Aclarado esto, me gustaría constatar en qué momento las víctimas de esta parte de la violencia contra la mujer pasaron de estar estigmatizadas a desamparadas y cómo ha ocurrido esto. Debido a la lucha feroz del feminismo contra la porno-prostitución, el sistema patriarcal, en su versión actual capitalista neoliberal, ha buscado cómo reajustarse para frenar el avance feminista en ese sentido y lo ha hecho con pasos seguros y certeros. Se empieza vendiendo la desestigmatización de las víctimas, pero no, como cabría esperar, reconociendo la violencia a la que están sometidas, sino blanqueándola y romantizándola: pensemos en la moda de la que hablo más arriba o películas como Pretty Woman. Se continúa haciendo creer que caer en el infierno de la porno-prostitución es empoderante (cada vez odio más esa palabra), mediante una buena campaña propia del liberalismo que promociona pornostars y scorts con un nivel de vida con el que cualquier persona de la clase trabajadora soñaría y que todas sabemos que son como los unicornios, los fantasmas o los gnomos: no existen. Entra aquí en juego el mito de la libre elección que tantos disgustos nos trae a las oprimidas. El proxeneta o productor de pornografía se ve así como un buen empresario que solo quiere lo mejor para sus empleadas. Se desvía el foco de atención del hombre que paga por poder tener sexo con una mujer que no lo desea y se centra en la repercusión económica para el capital que supone esta suerte de violación pagada. Finalmente, en una tremenda jugada maestra que busca hacerle jaque mate al feminismo, se presenta todo esto como feminista, progresista y muy de izquierda a través de la ideología queer, cuya agenda incluye, entre otras medidas neopatriarcales, la legalización del proxenetismo en nuestro país, perseguida hasta ahora en nuestro código penal, en su artículo 188. Esta ideología queer forma parte del ideario de parte de nuestro gobierno actual y de la ministra de igualdad, quienes promueven su famosa ley de “Solo sí es sí” que se basa en el mito del consentimiento antes mencionado y se olvida de todo un sistema que coacciona y condiciona ese sí.

No obstante, en la opinión pública aún no está todo perdido. Así, hay muchas personas, afortunadamente, capaces de ver la relación que hay entre cada violación grupal y la pornografía, aunque yo no estoy tan segura de que sepan ver la cadena que une la prostitución y la pornografía con la última asesinada por su pareja o ex pareja. Resulta imprescindible entender que consolidar y robustecer el sistema prostitucional supone fortalecer las bases cimentales del patriarcado, que basa toda su fuerza en el terrorismo machista, violencia que, a su vez, lleva milenios manteniéndonos sumisas e inmóviles, a través de la indefensión aprendida y todo el trauma que supone para las mujeres, víctimas todas de la violencia patriarcal. Por eso se ha acuñado el concepto de terrorismo machista, para englobar todas las formas de violencia hacia la mujer, que están relacionadas con el fin último de ellas: mantener nuestra opresión.

Poner fin al martirio sistémico de la porno-pornografía, supone, por tanto, quebrar un pilar fundamental del patriarcado y el sistema no lo va a permitir tan fácilmente. Así la agenda queer pretende dejar desamparadas a las víctimas del sistema prostitucional con una supuesta regularización, que no es más, insisto, que un cambio en nuestro código penal para que deje de ser un crimen explotar sexualmente una mujer.

A pesar de todo lo dicho hasta ahora, congratulémonos, ya que el patriarcado no ha hecho más que un jaque al rey y el feminismo ha hecho su movimiento. El sábado 28 de mayo las feministas se han manifestado masivamente en Madrid para exigir la aprobación de una Ley Orgánica de Abolición del Sistema Prostitucional (que llamamos por sus siglas LOASP), que persiga tanto al prostituidor (proxeneta) como al protituyente (hombre que paga por acceder a una mujer que no lo desea) y termine con los campos de concentración que siembran el territorio de un estado que es el mayor consumidor de Europa y el tercero del mundo, además de ser uno de los principales destinos mundiales del mal llamado turismo sexual, que, a la luz de lo explicado hasta ahora, podríamos empezar a llamar “turismo de la violación pagada”. Concienciaremos a la sociedad de que sin prostitución no hay trata y que no existen mujeres que decidan libremente someterse a esa tortura. Esa sociedad señalará al hombre que insista en buscar mujeres empobrecidas de las que aprovecharse para poder tener una mujer sin deseo a sus órdenes y será el principio de esta lenta revolución feminista que pretende arrancar la raíz de todas las desigualdades: la que hay entre ambos sexos.

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