En esta casa

La universidad: esa santa casa que tanto me dio y donde casi estuve a punto de perderlo todo. Esta mancha oscura con que introduzco mi argumento, no obstante, no llega a ensombrecer el recuerdo maravilloso que tengo de mi paso por esa institución, donde más me formé como feminista y donde empecé a entender lo que tanto coreamos en las manifestaciones: no estoy sola. Esa sombra de mi época universitaria ocurre a mediados de los años noventa: en una zona del campus sufrí una de las agresiones sexuales que más me marcó; aunque no fue la más grave, ya que, gracias a la asistencia mágica de un grupo de limpiadoras que sin saberlo me salvaron, todo quedó en un intento de violación. No es el momento ni el lugar para explicar por qué no lo denuncié, no se lo conté a nadie durante años, ni por qué me marcó tanto; no pretendo hacer aquí un me too. Eso será contado en otra ocasión y otro sitio.

Si una alumna actual sufre una agresión como la mía o peor, tiene hoy a su disposición, en la misma universidad en la que yo estudié, un protocolo de actuación para estos casos, porque, afortunadamente, hoy la ley nos cuida. Además, dada la sensibilidad actual, es bastante probable que la alumna lo contara, lo denunciara y actuara, porque se siente protegida, porque la han educado para ser un sujeto de deseo y no admite ni normaliza en ningún caso ciertas actitudes que la reduzcan a la condición de objeto. Esto hace que esa alumna se sienta en su casa y no oiga resonar en su cabeza esas voces paternales, que las que ya tenemos una edad oíamos con tanta frecuencia: «mientras vivas en esta casa, harás lo que yo diga». Con ese enunciado, que no pretendía otra cosa que anular la mayoría de edad de la persona receptora, se resume la posición que las mujeres hemos tenido en nuestros hogares (y prácticamente en el mundo) a lo largo de tantos siglos. No fue eso lo que sentí, afortunadamente, en la universidad. Allí, tanto entonces como ahora, sí que formamos parte de esa casa; de hecho, hay facultades mayoritariamente pobladas por alumnas, hay alumnas, representantes del alumnado, con voz y voto en todas las decisiones, hay catedráticas, decanas, profesoras… Estamos en todas partes.

Y parece ser que para algunos hemos llegado demasiado lejos. Recuerdo, con media sonrisa pensando en todos los memes al respecto, el infame informe del Consejo de Colegios de Médicos de Castilla y Léon que veía como “una grave problemática” la “feminización de la profesión”. Pero, en ocasiones, la media sonrisa, el micromachismo, se transforma en alarma, como ocurre cuando nos enteramos de lo que está ocurriendo en alguna universidad que no quiere ser nuestra casa.

Ante la gravedad del asunto, paso a hablar sin ambages: la Universidade da Coruña  (UDC a partir de ahora), universidad pública, tiene a bien organizar unas jornadas apologéticas de una de las violencias machistas más aceptadas en nuestra sociedad: la violación mercantilizada, el negocio de la violación, en este caso centrada en lo que conocemos como prostitución (según el programa, esta vez su versión filmada, la pornografía, no se incluye). Por supuesto, se refiere a ella como “trabajo sexual”, el peor de los eufemismos que se han inventado para ocultar el significado real de dicha actividad: violación consentida por la víctima y aceptada socialmente. Esto está ocurriendo hoy, en el año 2019, no en el pasado siglo.

La UDC ha decidido que no es nuestra casa si queremos seguir siendo sujetos. No es nuestra casa si no admitimos que podemos ser explotadas sexualmente de manera legal porque ese es nuestro papel. Con el dinero de todas las españolas y todos los españoles se pagará al lobby de los proxenetas para difundir su mensaje tranquilizador entre posibles puteros y posibles esclavas. Mujeres cuya autoestima depende de lo que los hombres opinen de ellas irán a convencer a las alumnas de la UDC de lo fantástico que es que te penetren vaginal, anal y bucalmente alguien que no solo no deseas, sino que es posible que te dé muchísimo asco. Las que estudian en esta universidad tienen una buena salida profesional a su alcance: ¿médicas, ingenieras, abogadas…? No, hombre, no; hay algo mucho mejor: trabajadoras sexuales.

Pero no acaba todo ahí. Ante la tormenta de críticas que supuso tal atrocidad, la UDC emite un comunicado que nos deja a todas aún más preocupadas, si cabe más. Afirma que las charlas están orientadas a la consecución de la igualdad y habla de un debate dentro del feminismo. Podrían haber puesto en su comunicado lo malas que somos las mujeres entre nosotras y tendría absolutamente la misma credibilidad.

No, no hay debate interno en el feminismo. No, no hay aliados que defiendan la comercialización de nuestros cuerpos. No, no hay ningún feminismo que no sitúe a las mujeres como sujetos políticos. No, no somos más sensibles ni tenemos genéticamente ninguna capacidad extra para el trabajo reproductivo. No, los hombres no tienen nada en sus genes diferente a las mujeres que los convierta en unos depredadores sexuales incontenibles. Ninguna de todas estas suposiciones que menciono, ni otras muchas que están intentando grabarnos nuevamente a fuego en nuestras mentes, tienen nada que ver con el feminismo. Son clásicos difundidos por el patriarcado desde hace siglos que el neoliberalismo, en un acto de aterradora habilidad, ha introducido, cual caballo de Troya, en nuestras filas, sin que apenas nos hayamos dado cuenta.

Señor rector de la UDC, las mujeres de su casa no van a hacer lo que nadie les diga, porque la casa es tan de ellas como de los hombres. Por mucho que intenten disfrazarse de feministas para seguir haciendo lo mismo de siempre, nosotras, que estamos en nuestra casa, no lo vamos a permitir. Treinta años después, seguiremos coreando “fuera, machistas, de la universidad”. Por ello, de un lado, espero y confío en que alumnas y profesoras feministas rodeen el edificio del evento e impidan que los actos se desarrollen con normalidad, que se oigan más nuestras voces que las de los proxenetas. Que el “aquí estamos las feministas” sea de verdad: las feministas reales, las que no defienden lo indefendible, lo incoherente, lo absurdo.

Pero, de otro lado, espero que las mujeres aprendamos a votar. A votar. No solo a quién votar. A votar. A ir al colegio electoral en cada convocatoria para garantizar siempre que la opción gobernante hará lo posible para evitar condenarnos a ser sus objetos el resto de la existencia de la humanidad, con leyes abolicionistas (penalizando al putero, por ejemplo). Y, si esa opción no existe, si no hay ningún partido que garantice tales medidas, las mujeres hemos de aprender a dejar de ser las lavanderas de la izquierda y empezar a participar en política feminista activamente: afiliación, participación y compromiso.

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