Words, words, words

Feminismo: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos

Entre las reivindicaciones de la huelga y las manifestaciones del próximo 8 de marzo no estará la exigencia de la prohibición categórica de comercialización y cosificación de nuestros cuerpos, es decir, la abolición de la prostitución y pornografía y la negación incondicional a legalizar el uso comercial de nuestros úteros: el alquiler de vientres. No vamos a salir a la calle para luchar contra todas las violencias machistas, solo para combatir algunas, ya que estas que nombro no forman parte del argumentario de este 8M. No podremos seguir afirmando que las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas son solo la punta del iceberg…, porque algunas de las violencias que están en la base de ese iceberg (prostitución, vientres de alquiler…) no se incluyen en las protestas.

A la mayoría de las feministas que llevamos décadas en esta lucha este hecho nos tiene absolutamente desconcertadas. De la misma manera que ocurre con el descontento, el desconcierto ha de generar, en una sociedad sana, reflexión y, por supuesto, tras esta, reacción. Se hace imperiosa aquella para poder centrarnos pronto en esta; por tanto, buceemos en las profundidades del movimiento feminista para vislumbrar qué está sucediendo.

Las cuestiones que subtitulan este post no solo no son baladíes, sino que, además, son muy necesarias. Probemos a resolverlas una a una y estudiar qué nos aportan sus respuestas.

Con respecto a quiénes somos ya no cabe ninguna duda de que el feminismo actual es deudor incuestionable del feminismo radical que surgió a mediados del pasado siglo y que se ha ido enriqueciendo posteriormente con hermanamientos inevitables: ecologismo, pacifismo, antirracismo… No es este el momento ni el lugar de hacer un repaso, ni aún breve, de la historia del feminismo ni mucho menos se pretende menospreciar los logros de las olas anteriores al radicalismo; simplemente se trata de presentar un dibujo relativamente fiel del ideario feminista de las últimas décadas. Como su buen nombre indica, el feminismo radical se caracteriza por haber cambiado el foco de sus luchas hacia la raíz del problema. Acuña el término patriarcado, cuyo ámbito referencial posiciona a las feministas en un ángulo anticapitalista indiscutible, ya que el capitalismo es una de las variantes del patriarcado, nacido, aproximadamente, en el Neolítico. Y casi también inevitablemente se asocia otro concepto al feminismo: REVOLUCIÓN.

Con todo esto, es de obligada mención una unión que se hace esencial para ambas partes casi desde los inicios de esta ola: aquel posicionamiento ideológico radical acerca y emparenta forzosamente el feminismo con el marxismo; lo cual nos lleva a la respuesta de la segunda pregunta: de dónde venimos. El feminismo es lucha de clases cuyo sujeto político es la mujer, la mujer de la clase trabajadora. Pero, ¿qué ha pasado con el marxismo, padre del feminismo radical, en las últimas décadas? El marxismo ha enfermado de gravedad y agoniza. La clase trabajadora está prácticamente huérfana y, así, día a día observamos atónitas cómo perdemos derechos conquistados hace cien años o más con gran esfuerzo y un alto coste en vidas humanas: vacaciones, jornada de ocho horas, descanso semanal… Tampoco son estos el espacio ni el tiempo para examinar tan arduo asunto, pero podríamos centrarnos en uno de los síntomas de la agonía de la lucha del proletariado (o quizá, por qué no, una de sus causas). Hablo de una enfermedad verbal que nos infecta hoy en día en general y que envenena en particular el argumentario de la izquierda. El día que la palabra socialismo empezó a asociarse a un movimiento que defiende un capitalismo moderado, disfrazado de igualdad y bienestar, que conocemos normalmente como socialdemocracia, empezamos a cavar las tumbas de todos los movimientos de la lucha de clases. El significado de una palabra no puede tener dos acepciones contradictorias, que es lo que le ocurre hoy en día a la palabra socialista. No se puede ser capitalista y anticapitalista a la vez. El SOCIALISMO nace para luchar contra el capitalismo; llamar así a una teoría que defiende el capitalismo es el primer paso para terminar con su primer y original significado. Si desaparece el concepto, nos olvidamos también de la realidad a la que hace referencia. Esta es la manera en que la izquierda está olvidando no solo sus orígenes, sino, lo que es peor, sus logros y sus metas.

Esta jugada magistral del capitalismo fagocitador ideológico ha llegado a las filas del feminismo para instalarse y neutralizar cualquier atisbo de revolución que pudiera quedar en él. Lo cual nos lleva a la triste respuesta de la última pregunta, a dónde vamos: a la desaparición (si no lo solucionamos antes). Cuando los hombres inundan los encuentros feministas (manifestaciones, reuniones, etc.), cuando se habla de debatir si ciertas violencias machistas son denunciables o no, de si la mujer es sujeto político o no, de si el hecho de tener vulva o tener la regla es razón para ser marginada o no, de si existe el género, constructo opresor del patriarcado capitalista, o no…, algo huele mucho a podrido en el feminismo, pero mucho. Con todas mis disculpas a William Shakespeare por haberlo parafraseado en dos ocasiones hasta el momento, su más celebrada obra maestra me parece una alegoría muy adecuada de lo que nos ocurre. Hamlet, un protagonista atormentado que se debate impotente entre la acción y la inacción para terminar con al usurpación de poder de la que es conocedor, contesta con un magistral desprecio irónico a la pregunta de Polonio sobe su lectura con el título de este post, consciente del poder que realmente tienen las palabras. Igual que al público de la obra le desasosiega la falta de sangre de Hamlet, a algunas feministas nos exaspera el intento de anulación de las referencias básicas de la palabra que abanderamos: FEMINISMO. Estamos permitiendo que movimientos reformistas capitalistas usurpen nuestra identidad y realicen acciones, tomen decisiones, ganen seguidoras y se instalen en la opinión pública en nuestro nombre. Si no hacemos nada ahora, poco podremos hacer cuando el virus verbal nos haya infectado del todo. Primero intentaron hacer creer que la palabra feminismo aludía a algún tipo de movimiento clasista y sexista de la misma naturaleza que el machismo. Como no lo lograron, se inventaron un movimiento inexistente al que llamaron hembrismo para desacreditarnos, pero tampoco funcionó. Ahora llega su jugada de jaque mate: utilizar el término feminismo para referirse a un movimiento reformista de petición de derechos para las mujeres primo hermano del neoliberalismo y hermano de la socialdemocracia moribunda; igual que hicieron con la palabra socialismo. No solo están introduciendo un peligroso cambio semántico en el término, sino que están expropiando todo el movimiento para neutralizarlo y difuminarlo, como hicieron con el marxismo.

En las manos de las feministas, las de verdad, está ahora frenar esta tendencia. Debemos utilizar sus mismas armas sin avergonzarnos y sin miramientos: redes sociales, populismos, manifestaciones, tomar las calles… y gritar, gritar mucho más que ellas y que ellos. Tenemos que recuperar nuestro espacio y conquistar estos tiempos. En la modestísima opinión de esta vieja feminista vieja, solo lo podremos lograr unidas actuando TODOS LOS DÍAS, no solo de cara a fechas singulares (25N, 8M), donde al liberalismo le gusta lucir sus galas (sus armas), sino en todos los ámbitos de la sociedad, incluido en el político representativo, donde aún no estamos y se pueden instalar los usurpadores. Nuestro lema: lo llaman feminismo y no lo es.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s