Hace pocos años que dejé atrás mi entrada en la década de los cincuenta y me encuentro asistiendo a un fenómeno que no por desconocido deja de sorprenderme: nuevamente tengo la suerte disfrutar con más frecuencia de lo habitual de amigas históricas. Brevemente, antes de continuar, aclaro que digo amigas para que mi mensaje sea entendido por una sociedad fundada en estructuras imprescindibles para mantener desigualdades como la familia, tema del que hablaré algún día, pero no hoy, si se me permite. Sin embargo, en realidad, debería decir hermanas, ya que me refiero a mujeres que son el sostén de toda mi vida y conforman la red en la que he caído con cada envite patriarcal. Somos mujeres, con vida, maridos, hijos, suegros, cuñadas y demás accidentes de la conjugación vital de todo ser humano en esta organización grupal en que nos movemos, que hemos crecido al abrigo de los avances feministas y no estamos dispuestas a soportar ni por error involuntario ni la décima parte lo que nuestras madres sufrieron. Con discurso feminista o sin él, los maridos, las cuñadas y los suegros varían y se suceden en una misma línea vital debido a esa intolerancia a la que me refiero y algunas, aunque alguna vez también hayamos pecado de ese romántico error mítico del amor, solemos mantenernos más fieles a la soltería que otras, con lo cual tenemos el alma al servicio del eterno baile necesario para superar rupturas sentimentales y seguir adelante. Es así que este verano he estado rodeada en las fotos de las mismas compañeras de viaje que hace treinta o hace quince años, porque tocó fin de la última relación estable, que no la única en su vida, de algunas hermanas.
Y en esas danzas del acompañamiento me tropiezo una vez más con un fondo que levanta ampollas en las dañadas y suelo masticar en soledad y silencio. La realidad me devuelve una y otra vez, aunque sin suficientes datos que le den validez científica, un hecho que, a mi parecer, no tiene suficiente debate, por no decir ninguno, en el feminismo: ¿puede darse en el patriarcado una relación heterosexual igualitaria?
Para responder esta pregunta se requiere un análisis tan global como pormenorizado, tan simple como complejo, con perdón por tanta aparente antítesis.
Quiero partir de las teorías, fosilizadas ya en hechos cuyo debate ya poco recorrido tiene en el feminismo, que sustentan este paisaje tan poco esperanzador de las relaciones heterosexuales. Una de ellas es que la masculinidad y la feminidad, bautizadas como género en la Academia norteamericana allá en la penúltima década del pasado siglo, son herramientas de opresión de las mujeres. Metonímica de la anterior es la idea de que esta herramienta funciona de forma muy precisa y difícil de desmantelar: los hombres son socializados desde que nacen, incluso antes de nacer si se conoce su sexo, para subyugar a las mujeres, es decir, la masculinidad lleva implícita la dominación y, sin ella, queda privada de su principal esencia. La preparación para la sometimiento y asentamiento en el privilegio es el rasgo principal de su género y todo lo demás se subordina a él, como la idea principal y las ideas secundarias en este mismo texto que leen. Ningún varón humano que no haya sido encerrado en una torre al nacer, sin acceso a ningún libro ni pantalla, y solo visitado por una carcelera feminista que lo eduque en feminismo a lo largo de toda su vida, se libra de esta socialización. Los instrumentos de sometimiento de las mujeres se articulan en ese gran contenedor que llamamos de un millón de maneras, cuya finalidad eufemística critico y maldigo en todos los foros y que hoy vamos a denominar violencia patriarcal. La sociedad imprime en nosotras también nada más nacer, o incluso antes, la feminidad, cargada de los elementos necesarios para que las artimañas patriarcales de los hombres funcionen, y la violencia patriarcal es la encargada de que no nos rebelemos ni intentemos movernos de nuestra posición de oprimidas y sometidas.
Centrémonos ahora en un punto concreto de la oscura combinación de masculinidad y violencia patriarcal. Si bien no podemos negar que hay ciertas manifestaciones de esa violencia que son menos frecuentes, está claro por los datos y cifras alarmantes que la violencia dentro de la pareja parece ser la más extendida. Nadie duda ya, dentro de casi todas las corrientes ideológicas más conocidas y con cierto arraigo político en el capitalismo más antiguo, que se trata de una violencia estructural, es decir, que responde a la organización social en que vivimos. El hombre crece en ese pantano de masculinidad programado, por diversas formas muy sutiles, para ejercerla y, dependiendo de su personalidad y posicionamiento ideológico, luchará más o menos para combatir esas aptitudes y actitudes propias.
El problema es que el reconocimiento social de esa violencia alcanza solo a una parte de ella, la más visible y deleznable: la violencia física, pero esta no es más que el resultado de las capacidades del hombre y la respuesta de la mujer ante todas las demás partes de esta violencia íntima. El puñetazo en la puerta, el grito, la mirada de odio, la crítica a las personas que puedan apoyar o querer a la mujer, el fomento de relaciones dañinas para ella, la mentira constante, la desaparición del dinero, el silencio hiriente y continuado, la luz de gas… son todas las partes que dañan tantísimo o más, incluso, que el puñetazo en la cara. Son innumerables las formas de la violencia íntima que no tienen reconocimiento en la opinión pública y están absolutamente normalizadas. Quien bien quiere jamás hará llorar, los corazones no se rompen, los celos no son muestras de amor, los males de amores son un horror y no, las discusiones acaloradas no forman parte de la vida en pareja. A una pareja no deberíamos hacerle absolutamente nada que no le haríamos una hija o un hijo pequeño. Todo es violencia.
A esto hay que añadir que la masculinidad lleva implícito siempre un grado de narcisismo, por tanto, si no ha habido un trabajo profundo durante décadas para ver, entender y romper con la masculinidad, siempre habrá narcisismo. La noticia no debería ser que una mujer tiene una relación con un narcisista, ya que eso es lo esperable; lo absolutamente inaudito sería que un hombre no tuviera ni un ápice de narcisista.
Cierto es que lo más normal es que las bibliotecas universitarias y los sitios digitales más académicos se llenen de textos que tratan al violencia íntima de la pareja con seriedad e incluso con cierto cientificismo, pero pocos, muy pocos hay que adopten la necesaria perspectiva feminista para poder tener un cuerpo bibliográfico suficiente que nos atestigüe todo lo que estoy explicando. Pocas investigadoras habrá que se atrevan a finalizar un estudio que concluya que las posibilidades de dar con una relación heterosexual igualitaria en la segunda década del siglo XXI son parecidas a las que existen de tirar un paquete de folios al aire y que caigan todos dentro del mismo metro cuadrado.
Dicho todo esto, ya solo nos queda a las mujeres heterosexuales y bisexuales plantearnos si estamos dispuestas a tolerar ciertas desigualdades, y me atrevo a decir ciertas violencias, en nuestras relaciones con hombres y cuáles de ellas marcan líneas rojas. A partir de ahí, queda respetar las decisiones de todas y cada una de las mujeres, que no deben ser juzgadas jamás por nadie, y mucho menos por ninguna feminista, por decidir vivir en pareja aun sabiendo que no será una relación igualitaria, porque somos seres sociales y no podemos ni debemos aislarnos de la sociedad en la que vivimos, estructurada con la pareja y la familia como base de esa organización.
Por lo que respecta a la que da a luz estas palabras, cada día ama más a sus gatos.
