¿Cuándo comenzaron a arrebatarnos la lucha feminista?

El entrismo en el feminismo en general y el 8M en particular.

En las últimas convocatorias del 8M las feministas hemos sido sutilmente desplazadas de las protestas hasta llegar a los extremos que hoy conocemos en las que se nos expulsa a empujones o se pisotean y rompen nuestras pancartas, como ocurrió en Madrid el pasado año. Mucho hemos protestado, publicado en redes sobre ello, pero en estos humildes renglones nos proponemos enseñar de qué polvos vienen estos lodos. A ninguna lectora potencial de estas líneas le cabe ya la menor duda de que el protagonista de este disparate de defender violencias contra la mujer como la prostitución, pornografía o los vientres de alquiler el 8M está asociado al movimiento queer y toda su maquinaria troyana destructora del feminismo.

Desde algunos sectores del feminismo radical creemos que podar las ramas del problema no terminará con él y que debemos buscar su raíz y arrancarla. Veamos pues el origen de esta situación crítica.

Empecemos analizando lo que se conoce como tercera (o cuarta, según algunas) ola del feminismo y su evolución. Cabe destacar, en primr lugar, que, con cada envite del feminismo, el Patriarcado ha respondido con mayor o menor éxito. En un principio, sus armas no eran metafóricas: a Olimpia de Gouges simplemente le cortaron la cabeza. Con el paso del tiempo, los ataques fueron más dialécticos: a principios del siglo XX las feministas éramos unas burguesas… (Un momento… Ahora también); en la España de la modernidad del primer tercio de siglo XX se nos asoció al puritanismo más rancio… (Espera… Ahora también). En los albores del Movimiento Obrero el feminismo fue denostado por conservador y fiel al capital; en pocos años, además, se consideró simplemente innecesario, ya que la lucha obrera terminaría de manera casi mágica con las desigualdades…

El Capitalismo, es decir, el Patriarcado actual, entre tanto, ajustaba tuercas y limaba piezas por aquí y por allá para mantenernos bien sumisas. Avanzado el siglo XX, al rol de cuidadoras-reproductoras nos sumó el del objetos de consumo y utilizó sus grandes armas, los mass media, su cuarto poder, para convencernos de lo fantástico que era esta nueva opresión y lo inútil de la lucha del feminismo, ya que sus logros reinaban ya entre nosotras. Al fin y al cabo, podemos votar, tener un empleo, una cuenta en el banco… en algunas partes del mundo.

A pesar de todo esto, el feminismo siguió andando, resistiendo y conquistando colinas y pueblos. Hasta llegar al siglo XXI y empezar a poner en jaque al sistema. Entonces, el sistema mueve su jugada maestra con el generismo queer. Entró despacio, sin hacer ruido, como un cáncer. Pasó mucho tiempo desde que empezó a desarrollarse hasta que empezamos a notar los síntomas. No nos plantearemos si el cáncer se puede curar o no, intentemos llegar al tumor. De eso se trata.

Sabemos dónde se generaron las primeras células dañinas, y nunca mejor dicho: en ese desafortunado constructo lingüístico del género. Esos estereotipos que nos asfixian a las mujeres y son tan necesarios para que la raíz, el Patriarcado, se mantenga firme se convierten, repentinamente, en una esencia inmaterial que domina las vidas de los humanos y que debemos preservar por todos los medios. Hasta tal punto el delirio crece que se inserta en las filas de lo sanitario tergiversando, manipulando e inventando situaciones pseudocientíficas con las que llevamos décadas desayunando, comiendo y merendando. Así, si ahora mismo nos dijeran que la anorexia es una forma de vida y que debemos no solo respetar a las personas que creen que medir 1,70 cms y pesar 50 kg es estar gorda, sino también financiar con medios públicos cualquier terapia que las ayude a bajar de peso, nos escandalizaríamos como nunca antes habríamos hecho. Pero llevamos décadas impasibles ante la idea de que una persona que cree que su cuerpo está equivocado y que su sexo no es el que le corresponde, por razones tan científicas como que le atraen personas de su mismo sexo y estereotipos que la sociedad ha asignado al sexo opuesto (o complementario, como le gusta decir a Amelia Valcárcel), es una persona con una salud mental indiscutible y hasta envidiable y su discurso es correcto y debe sera atendido como quien nace con una malformación congénita que le puede causar serios problemas de salud en su vida.

Al principio a nadie nos alarmó que, paralelamente a la aceptación de la homosexualidad comenzara a crecer un nuevo estado de las cosas en que surge una figura nunca antes conocida (hablamos de las últimas décadas del pasado siglo): las llamadas personas transexuales. Hemos conocido, a pesar del silencio histórico impuesto, mujeres y hombres, sobre todo hombres, homosexuales a lo largo de la historia. Hemos sabido de diversos travestismos debidos a distintas causas: algunas funcionales, como aquellas mujeres que quisieron ocupar espacios vetados para ellas, como universidades, u hombres homosexuales intentando encajar en un Patriarcado más férreo y hermético que el actual… Ese atronador silencio histórico también se impuso sobre la mitad de la humanidad oprimida y, sin embargo, hemos conocido poetas, pintoras, científicas de todos los tiempos… Pero no hemos conocido transexueales hasta los años sesenta del pasado siglo.

La razón por la que hay un momento en que a la sociedad patriarcal le interesa encontrar una nueva diversidad sexual entre los papeles de algún psiquiatra de poco éxito y mucha imaginación es tópico de muchas páginas que no pretendemos desentrañar aquí. Pero su sutil imposición y sus fatales consecuencias sí.

Centrémonos en nuestra realidad geográfica y veamos qué hacíamos en los primeres pasos del siglo XXI en España. Hace catorce años las feministas estábamos muy ocupadas con nuestra agenda política. Apenas empezaba a andar la LIVG y ya veíamos sus carencias. Reclamábamos medidas urgentes para otras violencias como la prostitución. Hace catorce años el Movimiento Feminista (MF) estaba en un momento de crecimiento importante debido a los evidentes logros que siempre van destapando los sucios pozos que aún quedan por limpiar. Hace catorce años en España el feminismo empezaba a llegar a todas las casas, a todos los hogares, done las mujeres, confinadas, sin poder desarrollar su conciencia de clase por su aislamiento, ya no permanecían impermeables a él. Hay que señalar, además, que el feminismo es internacional e internacionalista y esa fuerza crecía en todo el mundo, no solo en España. Al comenzar el siglo XXI el feminismo se presenta como una auténtica fuerza rompedora y revolucionaria que empieza a hacer temblar los sillones más férreos de los opresores más poderosos.

Mientras nosotras, como hormiguitas, seguíamos con nuestro arduo trabajo para allanar el largo camino a la igualdad, el Patriarcado continuaba, cual buen sistema bien diseñado, buscando las piezas averiadas para reemplazarlas o efectuar los ajustes oportunos.

Así, en marzo de 2007, en el mes de la mujer, el gobierno del PSOE, de Zapatero, que tantas medallas se ponía por la aprobación de la LIVG, aprueba la ley 3/2007 del 15 de marzo, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas, con nocturnidad y alevosía, sin debatirse en el Parlamento ni publicitarse, e introduce no solo el dislate de la identidad de género en nuestra legislaión, sino también la base de las diversas normativas autonómicas que han ido borrando a las mujeres, sus derechos y sus protecciones poco a poco hasta llegar a la actualidad en que comprobamos atónitas cómo violadores pueden ingresar en cárceles de mujeres.

Ahora nos frotamos varias veces los ojos para creer y, a continuación, nos rasgasmos las vestiduras al ver que, desde dentro de la propia protesta, el 25 N o el 8 M, hombres vestidos de mujer empujan, abeofetean a mujeres, patalean y rompen pancartas de las que que piden el fin de una de las mayores violencias que llevamos decenas de miles de años sufriendo: la prostitución, pornografía, vientres de alquiler.

Pero no es tarde para echar la vista atrás y denunciar y exigir que se restaure el daño hecho y que se derogue, de una vez por todas la Ley 3/2007, de 15 de marzo, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas. Que revisemos lo que le estamos haciendo a la infanciay al sector más vulnerable de la mitad de la humanidad oprimida: las presas, desde entonces.

Este 8M, día internacional de la mujer trabajadora, pedimos la derogación de la ley y, conseuentemente, todas las leyes autonómicas que se basan en ella. Queremos arrancar de raíz la mala hierba y seguir, pasito a paso, la lucha por el camino a la igualdad real entre hombres y mujeres.

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